Sí, seguro fue un martes.
Un martes oscuro.
Si había sol,
si hacía calor
o frío
no lo sé.
Solamente sé que todo se oscureció para siempre.
Desde ese martes nefasto
en que doblé los sueños
y los guardé en el fondo de un bolsillo roto
y me dispuse a intercambiar tiempo
por unos pocos cobres
con monigotes absurdos
que se atreven a etiquetarme,
a decirme quien soy
o quien debo ser.
El día en que me prostituí llovía.
Sí, seguramente llovía.
No puede haber sido de otra manera.
Aún recuerdo deslizarse las pesadas gotas
llantos del alma perdida
sobre el suelo manchado de impotencia
del que aún no despego la vista.
El día en que me prostituí
empecé a convencerme de que no había opción.
Desde ese martes lluvioso
un coro constante
repite y repite
con plañideras palabras
que no hay elección,
que hay que sobrevivir,
que deje de soñar.
Busco y rebusco los sueños guardados
y parecen perdidos
y parecen abortados
y todo me dice
que no hay otra opción.
Por unos pocos cobres
me dictan quien soy.
